May 30 2010

LA ENVIDIA SANA

Publicado el 30 de Mayo de 2010 en el Diario Montañés

Dos cosas nos esforzamos en justificar los españoles, aunque nadie nos pregunte: que no somos racistas ni envidiosos. De lo primero, hoy no toca hablar y, lo segundo, forma parte de nuestro respirar constante, en casa, en el trabajo o yendo de copas.  Mayor prueba de tan falsa justificación,  es describir nuestra envidia como sana, que es como venir a decir que es un defecto lógico y normal. Tengo envidia de la casa que tiene fulano, del coche de mengano, del tipo tan estilizado que tiene la compañera de pupitre, o del éxito profesional de… Son los estereotipos más habituales de la envidia que demostramos en forma de críticas. La envidia directa, la que te dicen a la cara, escasea y es menos dolorosa. La que se guarda dentro, es la mala. Tanto, que termina por crearte serios problemas, habitualmente mucho más dentro del ambiente laboral. Los envidiosos deberían tener en cuanta que para dar esquinazo a su vicio, hay que ser ante todo feliz con lo que uno es. Desde Miguel Ángel a Goya, la envidia ha sido también tónica dominante entre las mentes más creativas. Creer que todo lo que piensas y haces es lo mejor, tiene mucho de envidioso y abre la puerta al totalitarismo personal  que se cuela de cuando en cuando en la historia en forma de césares dictadores. El caso educativo más conocido de envidia es el de Mozart y el maligno Salieri. El auténtico genio de la música ha tenido su reconocimiento, y el otro es lo que hoy conocemos como un pelota rastrero, que chupa y acecha permanentemente a la persona imaginativa, ganando (mediante la intriga) lentamente terreno hasta desbancarla de su puesto. Salieri volvería a ser ahora un mediocre, al igual que lo son muchos envidiosos. Los hay que no pueden evitarlo, porque va en su naturaleza, pero no hacen mal a nadie. Los envidiosos amparados en cualquier tipo de poder, son los peores, porque, tarde o temprano, terminan por cobrarse su presa ante el mucho empeño que ponen en cazarla. De los que emparejan su envidia a lo sano, están tan sólo en un escalón mucho más inferior a los auténticamente perversos.



May 24 2010

¡VALE, ME LO BAJO!

Publicado el 24 de Mayo de 2010 en el Diario Montañés

El anuncio de Zapatero de rebajar el sueldo de los funcionarios, congelar las pensiones, recortar el gasto en dependencia o eliminar el cheque-bebé, no ha dejado indiferente a nadie. No serán las últimas medidas que se tomen por las fuertes exigencias que la Unión Europea (más Estados Unidos)  han reclamado principalmente a España, Irlanda y Portugal, antes de que se contagien los que de verdad tiran de la locomotora europea como son Alemania y Francia. Con lo de rebajar el sueldo a los funcionarios, son mayoritarios los ciudadanos que no lo ven mal, pero aún son más los que ven peor dejar a nuestros mayores congelados, mientras la vida se encarece cada día más. Lo de los pensionistas en nuestro país va por barrios, y son un ejército los que cobran poco más de quinientos euros. Puestos a tapar este gran agujero económico llamado déficit, habría que haber empezado por los pensionistas que cobran el máximo a quienes esta asignación mensual del Estado sólo hace que incrementar su boyante situación personal. Cuanto más dinero tienes en España, mejor te tratan dentro del sistema general de asistencias para el bienestar. Sé que soy un idílico. Pero es que cuando de un plumazo se cuestiona tanto, al tiempo que se pide que todos hagamos un esfuerzo común y urgente, hay que tener miras amplias hacia muchos más sectores sociales y hacer así que estas buenas intenciones se cumplan. Muchos sectores de nuestro país están excesivamente estancados en las ayudas y subvenciones. Mientras había dinero, esta puerta de penetración a las arcas públicas podía estar abierta pero, ahora, hay que cerrarla. Los ciudadanos, y los afectados directamente más (ha tocado a los pensionistas, personas dependientes y funcionarios), vamos a observar con lupa todo lo irresponsable que se haga a partir de estos momentos, en decisiones que lo mismo va a dar que tengan un corte político, cultural, económico o social. Se ha venido hablando mucho de remar todos juntos, pero en este barco aún falta la mitad de la tripulación y hay remos no asignados.

Durante estos días se habla mucho de las grandes fortunas, de la banca, las multinacionales, y los sueldos de los ejecutivos españoles. De todos ellos voy a hablar un poquito, empezando por estos últimos, los ejecutivos. No es de recibo que los sueldos y las maneras de hacer y trabajar de los ejecutivo no vayan a sufrir una transformación en la medida de la rebaja, por ejemplo, a nuestros pensionistas y ciudadanos dependientes, que son los que más nos tendrían que preocupar. Como empleado público, acepto que me bajen el sueldo para ayudar a mi país que es lo mismo que decir ayudarnos entre todos. Pero quiero un esfuerzo más amplio y generoso, empezando por los ejecutivos, y los convenios colectivos en determinadas empresas de nuestro país que encierran sueldos, primas e indemnizaciones millonarias que dejan pasmado al más pasota de los mortales. Alguien que trabaja en una entidad financiera de carácter público,  no se puede ir a casa recibiendo como indemnización un millón de euros. En la banca privada, tienes que pechar con una jubilación que sobrepasa los 70 millones de euros, aunque la cuestión no es menos susceptible de pensar si nos hemos vuelto definitivamente locos. Cuando empezó esta dramática crisis, y en Estados Unidos y algunos países de Europa se daba dinero a fondo perdido a determinadas empresas de la banca y los seguros, algunos de sus ejecutivos seguían con su vida de lujo y despilfarro, como si nada. Que lo hagan con su dinero (cosa que tampoco está bien vista de repente), pero no con el de todos los demás. A la banca española, sí le reconozco un esfuerzo. Se ha hablado y se habla mucho de que no han puesto todo el dinero necesario para dar créditos a empresas y ciudadanos, pero eso no quiere decir que no hayan contribuido a la estabilidad económica de este país en los últimos dos años en temas que aún no son confesables. Este hecho tampoco significa por sí sólo que no puedan hacer más, como poner todo su empeño en desprenderse de muchas de las ovejas negras que aún coexisten dentro del sistema financiero español, y que, como en Europa, ponen en riesgo a los demás. 

Hablando de patriotismo, durante estos días se comenta que no se puede tocar a las grandes fortunas agrupadas en algo que se llama las SICAV (Sociedad de Inversión de Capital Variable), por el temor a que se lleven el dinero a otros países. ¿A cuáles se lo van a llevar si en un mundo global, esta es una crisis también global? Lo malo es recalar de nuevo en el hecho de que no se está cumpliendo en absoluto con algo decisivo que se dijo al inicio de esta crisis: hay que acabar con los paraísos fiscales, los países que impulsan esta inmunidad económica e incluso la banca opaca que permite la entrada por sus puertas de grandes maletas de dinero sin preguntar su procedencia. Sigue siendo la gran asignatura pendiente mundial, antes de recortar a los que menos tienen, cuyos problemas sólo acaban de empezar. Personalmente, si he de contribuir con una bajada de mi sueldo al equilibro de las cuentas de mi país, lo hago, me aguanto y punto. Creer es poder. Sólo tengo un pero muy grande que objetar: veremos en los próximos cinco años quien habrá aportado su esfuerzo personal para devolver a España a la senda de una situación económica de privilegio. Espero anhelante que otros muchos sectores, además de los pensionistas, dependientes y funcionarios, se vayan sumando a este esfuerzo común de todos a favor de nuestro bienestar. Es momento de que demos ejemplo con hechos reales. Y quien más pueda, debería dar también un paso adelante, sin esperar a que se produzcan nuevas medidas restrictivas que toquen esta vez un aspecto tan sagrado para los españoles como es nuestra sanidad. Antes, más sueldos esperan una bajada.

 



May 14 2010

TRABAJO, TRABAJO, TRABAJO

Publicado el 14 de mayo de 2010 en el Diario Montañés

 Cuando empezó en España esa verdad con pies de barro llamada nuevas tecnologías, en cierta ocasión le preguntaron delante de mí a alguien que pasaba por ser experto en la materia que cuál era el auténtico secreto para triunfar en la vida. Presto, sin pararse a pensarlo siquiera por un instante, respondió: “trabajo, trabajo y trabajo”.  Sobre el empleo, la mayoría de las personas tenemos muy claras tres cosas. La primera, que hay que cuidarlo y para ello ningún remedio casero mejor que hacer bien nuestro trabajo. La segunda, que un puesto te proporciona a final de mes una remuneración con la que, más o menos, tirar. Y la tercera, que cuando se sabe auténticamente el valor real que tiene un puesto de trabajo, es cuando no lo tienes, no lo encuentras o lo pierdes de un día para otro. Hace pocas fechas, escuchaba de un tertuliano de radio una poco acertada idea referida a que en España aún no estamos tan mal, y baste para convencerse lo que acababa de suceder  en el Reino Unido, donde una joven inglesa de tan sólo 21 años se suicidó tras ser rechazada en 200 entrevistas de trabajo. ¿Trabajo es igual a vida? Aquel viejo conocido de las nuevas tecnologías, creo que tampoco hubiera pensado en exceso la respuesta, que en cambio tiene mucha tela que cortar. En efecto, es para darle más de una vuelta o, mejor, millones de vueltas dependiendo de los millones de personas con nombres y apellidos que engrosan la larga fila del paro en nuestro país. ¿Cómo es la foto diaria de una España de cuarenta millones de habitantes, donde casi cinco, están sin trabajo? Sin que me lo proponga, cada vez surgen más preguntas de difícil salida cuando el asunto central se llama derecho al trabajo.

 Hay muchas cosas que no se entienden bien en nuestro país acerca de cómo y por qué hemos llegado a esta situación. En un pis pas como quien dice (o si lo prefieren de un año a otro), pasamos de los discursos de que España está a punto de alcanzar el pleno empleo, a ese otro catastrofista de un 20 por ciento de la población activa sin trabajo, o esa otra cifra más escalofriante de un millón de familias españolas que, entre todos sus componentes, no recibe un sueldo o prestación al desempleo que ya se ha acabado por haberla disfrutado en el tiempo señalado para esta ayuda. ¿Qué ha sucedido realmente? Diría con posibilidad de equivocarme – aunque no creo-, que España siempre se ha creído más de lo que somos o, dicho igual pero con otras palabras, siempre hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Ser y comportarse así, lo engorda todo y también falsea mucha realidad, en este caso la económica y social. Lo que decían los expertos económicos (ya no les reconozco reputación alguna) de una burbuja que ha explotado en el sector del ladrillo, del turismo o de los servicios, resulta que tiene a su vez como hijas a otras cientos de burbujas que han reventado en los demás sectores que no enumero, pero que cuento con ellos porque la crisis se ha extendido a todos por igual. Lo peor con todo es nuestro propio pesimismo y una falta de confianza que no se recupera por más que apoyemos ese lema de “esto sólo lo arreglamos entre todos”. Eso era ayer. La crisis avanza sin piedad. Su peor virus es el paro, que lo mismo afecta a empleados de fábricas, de talleres, de comercios, que a los propios autónomos que terminan por tirar la toalla antes de ponerse la soga al cuello. No lo he dicho, pido perdón, pero la joven inglesa que se quitó la vida por no encontrar trabajo se llamaba Vicky, Vicky Harrison. Aunque lejos de España, me interesa su historia, sobre todo por lo que pensaba días antes de tomar tan drástica decisión. Contaron sus padres que se sentía “humillada y avergonzada”. Salvadas las distancias y los casos, también en nuestro país deberíamos sentirnos avergonzados de lo humillados que se sienten muchos parados porque no ven luz a su problema; y que nadie diga que se hace una idea sobre lo difícil de vivir una situación semejante, porque no es cierto.

Alguien que tiene un trabajo seguro, no puede ni por asomo ponerse en la piel de  quien le falta, de quien no lo encuentra,  o de quien es rechazado una y otra vez, viendo cómo su currículo cae arrugado en una papelera u oye como respuesta que se está buscando para el puesto a alguien con más experiencia o, si la tienes, que en cambio se busca a uno/a más joven. El compromiso que tiene nuestro país con su principal problema es endeble muchas veces. Es contradictorio. Para arreglar la situación, hay que hacer ERES y mandar a la gente a casa; para que Europa no nos vete decisiones económicas futuras, resulta que hay que flexibilizar el de por sí endeble empleo; y quien empieza su andadura por esta vida, tendrá que esperar unos cuantos años para ser mileurista, porque de entrada va a ganar 800 euros pelaos, con suerte. Sí, creo que España deben de empezar a cambiar algunas cosas que se han demostrado a la postre fallidas para nuestra economía y sobre todo para nuestro empleo. Hay que empezar por pisar tierra, encontrar trabajo, aunque no sea perfecto, hacerlo bien, empezando de abajo a arriba, que te dejen, y construir entre todos un empleo futuro de más calidad y más equitativo. Hay que seguir con el ejemplo de otros países que hoy prestan a los demás (Grecia), algunos de los cuales antes nos producían gracietas por “trabajar como los alemanes”, que apenas salen a divertirse. Y gastar de acorde a lo que producimos, a lo que trabajamos y, en consecuencia, a lo que ganamos. Lo de trabajo, trabajo y trabajo, aplicado a cualquier profesión es otra verdad sólo en parte. Cuando los parados actuales se puedan quedar en menos de la mitad, y no volvamos a incurrir en tantos y tantos desmanes del pasado, ya hablaremos nuevamente de la pregunta del secreto para tener éxito en esta vida. Antes, el auténtico curro que tenemos todos es favorecer el empelo a los que no lo tienen, porque es una responsabilidad común, especialmente de los que tenemos trabajo.



May 4 2010

ULTRAMARINOS CON SABOR A INFANCIA

Publicado el 4 de mayo de 2010 en el Diario Montañés

El dueño de los ultramarinos de cualquier barrio es uno de los grandes protagonistas de nuestra infancia. Se acaba de ir el mío: Martín. Tipos en mayúsculas como él, marcaron una generación de hombres y mujeres que faltan ahora más que nunca, porque en sus largas jornadas de trabajo lidiaban de continuo con los problemas de muchas familias con una economía al límite, estranguladas hoy por el paro. En el bar de los ultramarinos de mi barrio de Vista Alegre, se hablaba y se sabía todo de todos. Cualquier problema se abordaba con sumo cuidado, por eso los señores como Martín San Bartolomé merecen ese respeto que pasa de padres a hijos. Preocupado por lo que sucedía a su alrededor (lo que hoy se llama solidaridad  tan cara de ver), siempre estaba presto a echar una mano. Sabía cuando, al envolver los arenques ya pesados,  había que  meter uno de más, y apuntarlo para cobrar cuando el jornal del obrero lo permitiera. Personas así no se hacen ricos en dinero, pero si en admiración silenciosa de sus vecinos. Su familia puede sentirse orgullosa, porque la gente buena marca. Mira que se lo tenemos dicho a nuestros hijos: “quiero que estudies, que te prepares, pero que ante todo seas una buena persona”.

En una sociedad donde todo es competitividad, envidia y zancadilla, nos van dejando los que pasan por ser los mejores. El colegio me dio educación pero, al salir a las cinco, y si mi madre no estaba en casa, el dueño de los ultramarinos de mi barrio adelantaba el bocadillo y me dejaba sentarme en un escalón de su tienda para esperar resguardado de cualquier peligro que pudiera correr en la calle. Por la mañana y por la tarde, la venta de comestibles era lo que primaba dentro del negocio. A partir de las ocho, se atendía más la barra del bar donde se servían los vasos de vino con que muchos obreros querían decir adiós a un día duro de trabajo, antes de iniciar otro. Eran momentos de rondas, dados, cartas, conversaciones, reivindicaciones y desalientos de todo tipo. Allí estaba Martín para dar el consejo oportuno de que no llueve a gusto de todos, pero es mejor andar la vida de forma agradecida. Así la vivió y la ha dejado en el recuerdo y agradecimiento de tantos como yo, por haber tenido la ocasión de conocer a este protector que dio tan buen sabor a mi infancia.