Categoria : Hemeroteca
Ene 29 2012

SOS DEL PEQUEÑO COMERCIO

Publicado el 29 de enero de 2012 en el Diario Montañés

            Casi sin darse cuenta, el pequeño comercio ha pasado de la ebullición a la evaporación y con ello a echar el cierre. Cada vez que un medio de comunicación publica que otra firma de toda la vida ha colgado el cartel de cerrado por cese de negocio, se me revuelven las tripas y me entra una rabia que tardo en sosegar. ¿Es que no se puede hacer nada para acabar ya con esta sangría de nuestros comercios de siempre? Los autónomos están bien jorobados, esa es la pura verdad. Vienen esperando como agua de mayo medidas, cambios, reformas, que hagan recapacitar la actitud de los consumidores para que volvamos a echar mano de la cartera y gastemos con medida, pero a fin de cuentas consumamos. Muchos negocios han venido aguantando y apuntalan con los ahorros de los propietarios, ganados con el esfuerzo de toda una vida como para que se vayan en dos días si la economía no cambia de una vez por todas. Hablar ahora de más recesión en este año y para el que viene angustia al más frío de los mortales que está  delante o detrás de un mostrador. Los Estados, los Gobiernos, los mercados, son términos muy gigantescos que no se paran en el caso por caso de las pequeñas y medianas empresas que se cierran cada día en este país y en esta región en concreto. Ser emprendedor y volver a empezar, se dice también muy fácil. Con 25 ó 30 años, es una cosa, pero a más edad, es otra ya muy diferente. En cierto momento de mi vida me convencieron de que la primera cuestión de la democracia y los gobiernos que la sustentan es hacer felices a los ciudadanos. Aquí, las carantoñas van por barrios. Los que tienen el dinero a buen recaudo en islas donde no te preguntan nada por meter maletas de dinero en sus bancos, la crisis les importa un bledo. Y me importa más bien nada que lo que acabo de decir suene a demagogia.

            Muchas empresas, muchos trabajadores, están en el paro o echan la persiana para no volver a subirla, pero no por ello dejan de ansiar expectativas y querer reubicarse en una sociedad en la que para ser algo tienes que generar un sueldo o ingresos. La cadena de cierres de locales es peligrosa porque da tufo a contagio. Los pequeños empresarios necesitan de ayudas hoy mejor que mañana. El dinero de los impuestos que suben hay que reinvertirlo en programas que eviten más calamidades empresariales y personales. El panorama que ven los jóvenes es como para no salir de casa, que es lo que siguen haciendo muchos ciudadanos para no tener que parar frente a una cafetería para gastar en una simple merienda. También digo que no hay por qué verlo todo negro y nos tenemos que ir animando, aunque para ello necesitamos noticias en positivo y no siempre negativas, a las que parece que ya nos hemos suscrito permanentemente. Tengas trabajo o no, muchos han cogido el camino de escuchar música por la radio en vez de las noticias a las horas en punto. Hasta los propios profesionales de las ondas lo dicen: “ya nos gustaría darles hoy alguna buena noticia, pero no va a ser así”. Europa, Norteamérica, la bolsa, los mercados, los rescates, la recesión, el paro y el fin del pequeño comercio porque nadie compra nada, han llegado a encarcelarnos las neuronas y no querer enterarnos de nada más, a no ser que sea bueno. Así, no es de extrañar que las señales de SOS de tiendas de todo tipo repartidas por la ciudad no nos lleguen para ver y comprar sus estupendos reclamos y rebajas.

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Ene 15 2012

VÍDEO EN YOUTUBE DE MIS LIBROS

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Nov 27 2011

7000 MILLONES DE ALMAS DESIGUALES

Publicado en el Diario Montañés. 27 de noviembe de 2011

No tenía ni idea de que cada hora nacen 10.000 personas, ni que mueren diariamente 100.000. Tampoco sabía que, de los habitantes actuales de la tierra, 521 millones tienen más de 65 años. Y menos me había dicho nadie que 3.500 millones de seres humanos sobreviven con dos dólares diarios. ¡Válgame el cielo que les quiera dar una lección de ciencias sociales! Nada más lejos de mis intenciones. Es que una de las grandes noticias de este año es que el mundo está habitado ya por 7.000 millones de personas. Entre tanta prima de riesgo, mercados que se meten en asuntos de dineros y también políticos con caídas de gobiernos incluidas, más las preocupaciones cotidianas de cada cual, la noticia ha pasado un tanto desapercibida para la importancia que tiene.

Crecemos a un ritmo vertiginoso y, menos saber cómo enderezar y poner en su sitio a los mercados y a sus usureros, todo lo demás tendemos a destruirlo. Y voy a casos concretos. El partido en la tierra siempre termina con semejantes resultados: Especuladores 3- Río Amazonas 0; Norteamérica y Europa 8- Iberoamérica y África 1. Y, así, suma y sigue. 7.000 millones de almas desiguales son demasiadas como para pedirle peras al olmo y desear mejores valores y sentimientos a los mortales hacia sus semejantes. La avaricia rompe el saco tanto en lo personal como en lo material y natural. En el mundo caben todas las culturas e ideas, pero no coinciden ni siquiera a la hora de cuidar la tierra que nos da de comer y el agua que nos sacia la sed. En el antiguo Oeste ya se mataban por la tierra, los pastos, el agua y la convivencia entre vacas y ovejas. Ahora te martillean los bancos, el paro o la bajada del sueldo. Me gustaría echarme a la cara a los enredas que meten miedo para sacar ellos más tajada. Al final, van a criar malvas como todos, pero viven a base de jorobar a los que tienen a su alrededor, sin importarles que tengan que comer de lo que rescatan de los contenedores de basura.

El mundo habría que reordenarlo para que más vivieran mejor. Hay que decirlo más veces porque sino nos olvidamos de lo que somos y para qué estamos aquí. Las generaciones futuras tienen la gran oportunidad de guiarse mejor de lo que lo hemos hecho nosotros. Que un humano sea humano con otro humano no es un juego de palabras, ni ser un idílico soñador. Las grandes ciudades son una muestra pésima de lo que planteo. Te encuentras a alguien tirado en medio de la acera y pasas de largo. «¡Estará bebido y durmiendo la mona!», si es que piensas algo. Resulta que cuando para un transeúnte y decide llamar al 112, es que le ha dado un infarto y, unos minutos más, y se va al otro barrio. Saber que hemos llegado a los 7.000 millones, y que al mismo tiempo cada vez nos deshumanizamos más, ciertamente, no es como para tirar cohetes. La juventud debería romper con las cadenas que nos aprisionan como seres humanos. Y lo digo porque tampoco conocía que la edad media entre tantos millones de hombres y mujeres es de 26 años. La evolución necesita de cambios sustanciales sobre todo con la tierra, y con dejar de matarla lentamente. Esa es la parte mala de una historia de crecimiento imparable de seres humanos. Saber vivir en armonía y equilibrio requiere de respeto. Respeto a otros y salvaguardar el entorno en que vivimos como si nos fuera en ello nuestra propia vida, como en realidad es.

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Nov 20 2011

SUERTE Y AGOREROS

Publicado en el Diario Montañés el 20 de noviembre de 2011
 
La suerte y el destino siempre han ocupado la mente humana como los mejores sueños alcanzables. Existe una creencia generalizada de que si lo tienes todo, especialmente dinero, los problemas cotidianos se acabaron o son menos por el sólo hecho de no padecer estrecheces de esas con las que no llegas a final de mes con el sueldo actual. Quien más, quien menos, tiene su número de la suerte preferido, un santo que vela por él, o un amuleto milagrero que algún día cumplirá con su cometido de que te toque el premio gordo de aquello a lo que juegues. Soñar es gratis que se dice a pie de calle, y hay personas que no empiezan a funcionar en un día normal sin antes consultar lo que predice su horóscopo. Está cerca el Gordo de Navidad de la Lotería Nacional y el 22 de diciembre es uno de tantos días mágicos que nos motivan a imaginar que la suerte nos va a cambiar la vida. En fechas capicúas, unos creen en la suerte y otros en el final del mundo. Ya pasó con la llegada del nuevo milenio, del año 2000. No sabías si en Nochevieja debías brindar por la entrada en un nuevo siglo o por el final de lo que habíamos conocido en el anterior. El reciente 11 de noviembre de 2011, el 11 del 11 del 11, lo ha vuelto a poner de manifiesto. Para los más agoreros, se acababa todo, aunque los más optimistas hemos jugado más a las loterías por eso de la coincidencia de día, mes y año, que se da cada 100 años.Por cuestiones de la cultura maya, en 2012 volveremos a la carga con el acabose del mundo y todo eso de las catástrofes naturales terminales. Como si no tuviéramos ya suficientes problemas con los actuales como para inventarnos más, y seguir con el rollo del cataclismo final del que empezamos a hablar después del derrumbe de la central nuclear japonesa de Fukushima.

Creer en la suerte renta más que creer en el final de la existencia. Déjenme que les introduzca en este punto una idea ajena: «la suerte está en tu mente; si crees que tienes mala suerte, la tendrás; si crees que tienes buena suerte, eso mismo atraerás». En el 11-11-11, al final, no ha pasado nada: ni un meteorito gigante ha aplastado el planeta, ni tampoco una plaga alienígena ha exterminado a los pobladores de la tierra, dejando solo en pie la naturaleza para que otros habitantes planetarios aterricen aquí para utilizar nuestros recursos naturales que se han agotado donde vivían antes los marcianos. Vemos demasiadas películas y las de terror y futuro son las que más nos trastocan el sueño. Algún día viajaremos a la Luna, a Marte y a Júpiter, pero hoy las cosas siguen siendo como siempre las hemos conocido. Dentro de diez o veinte años el coche eléctrico convivirá con el de la gasolina, pero tendremos que seguir ganándonos la vida y, por supuesto, los boletos de lotería seguirán siendo el punto de partida de los sueños más comunes: vivir en la playa, mejor casa, mejor coche, viajar por el mundo, no pegar un palo al agua, o dedicarte a la vida contemplativa sin ni siquiera estar al tanto de las noticias de actualidad no te vayan a amargar el tranquilo y soleado día. La vida es más, no tengan duda. Con ese poco de suerte que todos necesitamos en lo que hacemos y bien rodeados de familia y amigos de verdad, con salud, cualquier jornada discurre por un buen camino.

Los más ricos son los que están contentos con lo que son y con lo que tienen. No conozco a muchos, pero no cejo en el intento de nuevas amistades como estas que me enseñen cómo se consigue ser así. Nos educan en llegar lejos, en ser fuertes, duros, en estar arriba, en mandar y tener poder, y en que no te vean con la cabeza baja no vaya a ser que des la sensación de debilidad. ¡Menudo puñado de tonterías e imbecilidades! Algunos de los educados así son los que han hecho de esta crisis un sufrimiento para gente buena, que se conforma con un trabajo y un sueldo digno. Los malos agoreros tendrían que vivir todos juntos en una misma isla, para dejarnos en paz a los demás. Antes de que se acabe (como dicen ellos), el mundo tiene muchas soluciones. mano con dadosLo hemos hecho francamente mal en aspectos claves. Está la naturaleza, lo más importe; está el exterminio imparable de otros seres vivos; y están ahora los mercados que devoran puestos de trabajo y a trabajadores que no merecen tanto engaño y voracidad de unos personajes tenebrosos que se lucran del miedo ajeno. Llegaría a lo del miedo y el temor. No, señoras y señores, ¿miedo o miedos a qué o a quién? Ni al 11 del 11 del 11, ni al 2012, ni a lo que se les ocurran en el futuro a cuatro pirados y desgraciados que luego no tienen siquiera el coraje de pedir perdón por tanta tontería que antes vaticinaron. Una vida de sueños y de anhelo de todo tipo de suertes no tiene comparación con panoramas oscuros. El 11-11-11 yo también portaba los boletos que me llevarían a tantos sueños y viajes de ensueño. Así me he hecho, y así voy a seguir. Si la tienes tú es mejor, pero desearle suerte al prójimo en todo aquello que emprenda es un signo de convivencia que, aunque escaso, nunca morirá.



Ago 28 2011

LOS OTROS MUROS QUE DAN VERGÜENZA

Publicado en el Diario Montañés el 28 de agosto de 2011

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Tan cierto como que dos más dos son cuatro, lo es también que este mundo organizado en Estados y diplomacia de  conveniencia se ha acostumbrado históricamente a mirar hacia otro lado cuando las grandes aberraciones se perpetran a miles de kilómetros de las grandes capitales del poder. El 13 de agosto de este año se cumplieron 50 años de la construcción del Muro de Berlín, conocido más por el “Muro de la vergüenza”. Sin haber leído entera la noticia, de entrada me chocó, pero pronto comprendí el por qué de semejante celebración y organización de actos oficiales. Me abrió los ojos el alcalde de Berlín, al señalar que esta conmemoración supone aprender del pasado y honrar a quienes se dejaron la vida en su lucha por la libertad. Sus palabras exactas fueron estas: “recordar a las víctimas y recordar quiénes fueron responsables por los muertos del Muro, sin que haya espacio para la nostalgia ni para la comprensión”. No ha lugar a ninguna de las dos, la nostalgia o la comprensión, porque el Muro levantado  para separar a los alemanes en la madrugada del 13 de agosto de 1961 hasta el inicio de su derribo el 9 de noviembre de 1989, fue una gran vergüenza mundial. La costumbre de hacerte el sueco cuando crees que un asunto no va contigo, lleva acarreada que difícilmente sacas conclusiones, positivas o negativas, de algo que te ha importado poco o más bien nada. Mi teoría queda avalada con el ajuste de cuentas sobre el Muro que Presidente de Alemania, Christian Wulff, hizo con todos aquellos que durante años “se resignaron” a que el Muro existiera.

 De lo del Muro de Berlín hace ya medio siglo, pero mucho me temo que esa resignación se repite con otros tantos asuntos que son los actuales muros de la vergüenza del planeta. Pruebo dentro de las Redes Sociales para ver cuáles son las cuestiones que medios de comunicación y lectores  tienen afianzadas como muros por derribar. Entre las muchas opiniones que hallo destaco esta lista: el hambre, la pobreza, la degradación del medio ambiente, las guerras, la violencia de género, el racismo, la concentración de riqueza y poder en unos pocos, la inmigración, el terrorismo, los problemas entre judíos y palestinos o la globalización. Depende de a quién preguntes y dónde viva, te recalcará más una cuestión que otra, pero todos y cada uno de los problemas que contiene esta lista son una vergüenza en sí que llevamos arrastrando durante generaciones, y así seguiremos para dejarlos como herencia maldita a niños que nazcan en el futuro. La salida de estos laberintos en los que nos hemos metido solitos no tiene buena pinta, al menos a mí no me lo parece. La crisis y los años venideros de recuperación van a hacer más agujero en problemas como el desarrollo de los países incipientes. Son pobres de solemnidad y, encima, cuando empiezan a asomar la cabeza en el crecimiento, se les exige compromisos y sacrificios. Sólo hay que ver lo que está pasando en todo el corredor que va desde el Norte de África y que llega hasta Oriente Próximo. Egipto fue el primer país en explotar, en echar al dictador, y sigue a la espera de que las promesas de democracia se cumplan. El resto vecinos del entorno no para de mirar de reojo, desde Arabia Saudí hasta el propio Irán, sin olvidar lo acontecido en Libia.

La pobreza ya conocida tampoco va a tener perdón alguno por parte de la crisis. Cuando el dinero abundaba, nos daba igual; ahora que no hay plata, la postura es la misma, ninguna.  Hasta el 2015, muchos de los ocho objetivos del Milenio previstos por la ONU, sencillamente, no se van a cumplir, y estos son los auténticos muros de la vergüenza,  reconocidos como tales por la mayoría de los ciudadanos. Extinguir la pobreza extrema y el hambre es el primer gran muro a derribar. Le sigue tener educación universal y la igualdad entre los géneros. Más acuciante si cabe es reducir la mortalidad entre los niños, empezando por mejorar la salud de sus madres. O combatir el SIDA que ha creado un gueto real en torno a sus enfermos, como aquellos guetos que recordamos en plena Segunda Guerra Mundial, de tan tristes consecuencias y recuerdos. El propio Muro de Berlín fue fruto de un odio incontrolado. Antes de la gran crisis, nos preocupaba lo justo el cambio climático y la sostenibilidad del Medio Ambiente, con los casos sangrantes en la destrucción paulatina del Amazonas y las matanzas de ballenas, focas y especies protegidas que habitan en suelo africano y asiático. Todo esto, y lo anterior que he citado, ha dado un vuelco total para volver a ser asuntos que pueden esperar. Lo primero son los mercados financieros y la propia situación de los grandes países que sostienen a los cuestionados organismos internacionales que tradicionalmente se han ocupado de los males de nuestro mundo. En la conmemoración de Berlín hubo palabras que buscaban aprender del pasado y no volver a caer en los mismos errores. Con los muros que quedan, el pesimismo habla por si sólo y parece decir algo así como ahórrate el discurso porque ni te oigo, ni te escucho.



Ago 23 2011

LA ESPERANZA Y LA CRISIS

Publicado en el Diario Montañés el 21 de agosto de 2011

En las recomendables lecturas veraniegas me topo con una frase que Graham Greene dejó escrita como de manera premonitoria: “la vida tiene sorpresas. La vida es absurda. Y, como es absurda, siempre existe la esperanza”. Lo creo, a la esperanza me refiero. Greene murió en 1991, año de acontecimientos decisivos, unos mejores que otros, pero que si nos pinchan, no sangramos, porque nunca hubiéramos creído posible que sucedieran. Les voy a dar tres ejemplos de aquel 91. Uno: la URSS se desintegra. Dos: tiene lugar la Guerra del Golfo y, al tiempo, la Conferencia de Oriente Próximo, en Madrid. Pero, sin duda, el hecho histórico extraordinario de aquel año, el tres, es el que más me gusta y por el que muy pocos hubieran apostado: el Parlamento de Sudáfrica suprimió el Apartheid, vigente durante 40 años, y que separaba totalmente a blancos y negros, siendo todos los privilegios para los primeros. La sentencia sobre la vida hecha por el genial escritor inglés cobra una fuerza especial en este annus horribilis de 2011, absurdo también, donde las calles de Londres arden, y un movimiento de indignación (“Los indignados”) se propaga de norte a sur del mundo por el sistema imparable de las Redes Sociales, y que inquieta al que viene  siendo el sistema político-social tradicional. Comparar hechos y efemérides de diferentes años siempre resultará subjetivo. Pero ahora vivimos, estamos instalados, en una profunda crisis mundial, que por supuesto lo primero que quiebra es la economía y los bolsillos, pero se traslada también peligrosamente al ámbito social, al descontento, porque somos muchos los que opinamos que en el origen de esta grave situación está la falta de ética en comportamientos y negocios que han dado tan sólo con unos pocos sinvergüenzas en la cárcel, mientras la lista de millones de parados en todo el mundo no para de crecer, de arruinar familias y acabar con los sueños personales de otros tantos millones de jóvenes muy preparados, en paro, y sin futuro predecible. Aventurar el futuro que nos espera, con tantos precipicios económicos como ya hemos visto, es tan difícil como comer sopa con un cuchillo. ¿Cuándo lo ha tenido el mundo fácil? Con esta pregunta-respuesta no pretendo en absoluto buscar esperanzas, por buscarlas. Si algo queremos los ciudadanos son soluciones a los problemas actuales que no han provocado precisamente los que disfrutaban de una vida acogedora, y su existencia ha pegado un vuelco total, pero para mal.

Hablarnos a diario del comportamiento de los mercados financieros como los culpables del presente y el futuro de un país, España sin ir más lejos, y en el saco vamos todos. Es, además de hablarnos en chino, lamentable y más patético. ¿Nadie es capaz de dar ya una respuesta a esta crisis?; ¿a qué obedece realmente, qué o quienes la mueven? Lo que no tiene explicación es pasar de la noche a la mañana del mayor bienestar, a los mayores índices de temor a perder trabajo, los ahorros, la casa y el coche. Frente a estos mercados, los mortales somos partidarios de la argumentación lógica porque defendemos lo más cercano, lo que por cierto hemos tardado años en conseguir no sin esfuerzos. Les voy a decir una cosa, no entiendo esta crisis, no la he entendido desde el principio. Veo que, mientras a la gran mayoría nos lo amargan, otros, los pocos de siempre, están haciendo el agosto con las armas del miedo para luego comprar barato y el día de mañana sacar la gran tajada especulando. Veo otra cosa. Los países que se reúnen para lo más increíble son reacios a juntarse todos de una vez para hablar claramente de esta crisis y cerrarla. Con los G7 o  los G8, no vamos a ninguna parte porque los que pasan por ser los países más ricos y poderosos del mundo no están ni para ayudarse a si mismos. ¿Qué hacemos, entonces? Llevamos tres años largos de crisis, miles de empresas cerradas, sus trabajadores en la calle, y un desaliento y falta total de confianza que aumentan en la medida que no se vislumbran soluciones. La esperanza de la que hablaba Greene se busca, no basta con desearla. Si los países, todos unidos a una, y sus líderes, no toman ya una postura firme que de sosiego general, y haga sacar la cabeza a la recuperación, se seguirá perdiendo un tiempo precioso como se ha hecho hasta ahora. Lo estamos viendo en la Europa del ¡sálvese quien pueda!, pero el contagio, al final, pasa de unos a otros. Por cierto, tampoco entiendo que esta crisis se cebe especialmente con Europa y Estados Unidos, mientras Brasil tira para adelante como una locomotora. Nuestra propia historia nos ha demostrado que podemos superar grandes escollos. El caso es elegir entre liderazgo e iniciativa, o parálisis y acciones endebles. Tal y como yo lo veo, la economía actual sigue en manos de avariciosos que no se contentan con lo mucho que ya tienen. Con razón, la esperanza bien trabajada es el antídoto necesario para superar esta crisis y volver a la senda del crecimiento.images



Jul 31 2011

DISFRAZARSE PARA EL VERANO

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Publicado el 31 de julio de 2011 en el Diario Montañés

Para acceder y visitar el Congreso de los Diputados con el debido decoro, los responsables de la Institución han aprobado unos criterios básicos de vestimenta que interpreto como antídoto necesario contra horteras, frikis y guiris. ¡Mecachis!, nada se recoge en el texto sobre llevar calcetines blancos con sandalias e incluso el mismo color en los pies, pero con traje y corbata. Acertadamente, para sentarse en el mismo escaño que los padres de la patria hay que hacerlo con buena apariencia. ¡Caballeros!: ¿dónde se va con pantalón corto y camisa con tirantes a lo Rocky, como la que saca en su película Sylvester Stallone? ¡Señoras!: cuidado con las faldas que no son precisamente apropiadas para sentarte y con las camisetas que están bien para un concurso de mojarlas pero no para acudir a determinados lugares que, precisamente por su tradición e historia, son del pueblo, y el pueblo somos todos y todas. Las ciudades y sus pobladores tienen hartazgo de ver por la calle lo que se ve.

 En Barcelona rige ya una prohibición de no andar por sus avenidas sin camiseta, por mucho calor que haga, que es lo que anteponen los maleducados que dicen que esto les priva de su libertad. El hecho del verano y el calor no es óbice para tener que ver cómo va mucha gente y con qué pintas entran a comer a un restaurante o se plantan en la barra de un bar para tomar el vermú.

El norte de España siempre ha tenido para esto más clase. De la playa se entra y se sale en condiciones, porque como el reglamento del Congreso de los Diputados, el resto no tenemos por qué trastornarnos tras ver determinadas escenas de vestimentas inapropiadas. ¡Es que en pantalones cortos y camiseta de tirantes va todo el mundo!, se esgrime. Eso es lo peor, pensar que se va bien a una terraza pública hecho una piltrafa. Cada parte del día tiene su momento para vestirse de una u otra manera. Me lo ha dicho muchas veces el experto Carlos Monje, al que acudo cuando tengo cualquier duda sobre el vestir y la ocasión. Él ha leído en varias ocasiones la ‘Guía Debrett de la etiqueta’ (una Biblia en la materia), pero tampoco aconseja atragantarse de mucha lectura sobre moda. Apuesta más bien por el saber estar y vestirse como cada momento requiere. Los españoles solemos pensar que preguntar es de tontos y por eso tiramos para adelante, aunque nos equivoquemos. Pasa mucho con la etiqueta personal. Ni que decir que aciertan los que, ante la duda, preguntan, se fijan, leen o se meten en Google, que lo cuenta todo sobre todo.

Cosa aparte son los actos sociales, donde abundan los de carácter familiar. Al que acude a una boda en camisa de manga corta, desabrochada hasta el ombligo y pantalones cortados sobrepasada la rótula de la pierna, no habría ni que cogerle el sobre con el aguinaldo para los novios. Fíjense: si los novios cuidan tanto lo que es el día más especial en sus vidas y van impecables, ¿qué no tendrán que hacer los invitados por respeto hacia sus anfitriones? Se empieza por esto y te creces: puedes terminar por ir en bermudas de baño a una entrevista de trabajo, porque la cita se produce a mediados de agosto. El mal gusto se propaga y el verano es punto álgido para disfrazarse. El texto aprobado por el Congreso habría que publicarlo como bando en todas las ciudades españolas: «La experiencia acumulada en los últimos tiempos en relación con la vestimenta adecuada para acceder a las dependencias del Congreso de los Diputados aconseja la aprobación de unos criterios, mínimos pero claros, que permitan compatibilizar la propia imagen que cada ciudadano quiera tener con el respeto a la dignidad y decoro de la Cámara, tal y como sucede en múltiples Instituciones públicas y privadas». ¡Lo que se habrá visto en el lugar para terminar por redactar esta circular! El civismo o, mejor, la falta de civismo es el gran cáncer de nuestra sociedad. En la base de los valores están el civismo y la urbanidad, que no se enseña en los colegios como es debido. Nadie ha dicho que hacer convivencia sea fácil, pero algunos(as) se empeñan en destrozar el gusto a base de mostrar más los músculos que las telas.



Jul 25 2011

EL PRIMER CAMPAMENTO DE VERANO

5569380Publicado el 25 de agosto de 2011 en El Diario Montañés

Me cuenta una familia con mono de niño que antes de mandar al hijo a su primer campamento, albergaban todos los temores del mundo, y, una vez allí, el retoño ni llama ni se acuerda de los ‘viejos’ porque se lo está pasando bomba. Niños con verbo fácil que son los de ahora; antes de iniciar el viaje les dijo a los padres de todo, porque no quería ir, ni moverse de casa: «Voy a la fuerza», «me estáis coartando mi libertad personal», «¿es que yo no tengo derecho a decidir?». Lo más fuerte: «Me acordaré de esta mala jugada el día de mañana, cuando os meta en el asilo». Tras depositarle en los lujosos bungalows ubicados en plena naturaleza, los humos se apagan. De regreso a casa, los padres en el coche casi no cruzan palabra. Están tristes y preocupados por todo lo que pueda suceder. Las dudas acechan: «¿Le habré metido todo en la maleta?», piensa la madre; «¿será capaz de meterme en una residencia?», carraspea pensándolo el padre.

 

Ya en casa, se les echa mucho de menos cuando están en el campamento, máxime cuando se trata de la primera experiencia. Hay horario para llamar al nene y para que él llame a sus padres. Cuando tomas la iniciativa tú, la línea siempre está ocupada. Si esperas a que te llame él, ¡ya lo puedes hacer sentado! Cabreado, decides meterle mano a su cuarto y ordenarlo un poco y tirar mucho más. No sucede nada, salvo que se lo está pasando bien. Ha conocido a nuevos amigos y a alguna que otra amiga. No para de hacer deporte en pleno campo y de imaginar en las noches toda suerte de aventuras que pueden llegar a suceder, incluso la visita del oso, que casi siempre es la fiera más sugerida a la luz de una buena hoguera. Lo de vender la piel del oso antes de cazarlo, además de una desafortunada frase cotidiana, pasa en todos los aspectos de la vida. El niño piensa por demás antes de ir al campamento y los padres no te digo nada. «¡Ay, mi pobre niño, cómo lo estará pasando!» Pero cuando el retoño se decide a llamar, ¡eureka!, resulta que está disfrutando a lo grande; que ha conocido a muchos nuevos amigos que le caen muy bien; y que incluso se ha clavado una astilla en un dedo y ni siquiera ha llorado, porque en la enfermería había también una niña y era cuestión de sacar pecho y valor delante de ella ante el dolor. La vida es una historia porque está llena de historias. Las familiares son las mejores y en el verano, mucho mejor. ¡Qué sería de los padres sin el campamento de verano!; ¡tampoco seriamos nosotros mismos si no creyéramos la leyenda del oso y que pueda presentarse de verdad! Cuando sacamos al bebé del hospital, con él nos llevamos también las preocupaciones por los hijos que ya vamos a tener de por vida. Estamos hechos así y, hoy, es el campamento; mañana, los estudios para ser alguien; pasado, que consiga un buen trabajo para mantenerse, y me guardo lo que decida de su vida personal y si se va a quedar en casa con los padres hasta los 30 ó los 40. A fin de cuentas, no cito nada que no esté pasando ya en España desde hace mucho tiempo, incluso antes de la crisis actual: que los hijos no se despegan de los padres ni con agua hirviendo. Viven como marajás en casa de los papis y no se plantean complicaciones que encima tachan de trasnochadas.

Nuestras culpas empiezan desde este primer campamento. Resulta que les mandas para que se abran, para que desarrollen personalidad, para que les enseñen a valerse por si mismos, y nosotros no dejamos de pensar y pensar. Nos escudamos en que la sociedad tiene sus peligros, y los padres somos como la pareja de leones que no pierde de vista a sus cachorros. En la infancia que yo recuerdo no había tanto proteccionismo; no lo teníamos todo a la boca y a lo mejor no había campamento al que ir porque no se podía. Y hemos crecido como una generación fuerte, sin que nadie nos regalara nada, ni tampoco nos lo pusiera fácil.



Jul 14 2011

PUNTO Y FINAL EN AFGANISTÁN

Publicado el día 14 de julio de 2011 en el Diario Montañés

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Hace poco me mandó un buen amigo dos vídeos a mi correo electrónico. En el primero de ellos se veía a soldados norteamericanos en la terminal de un aeropuerto estadounidense, y cómo a su paso los ciudadanos les aplaudían en un claro signo de agradecimiento por su labor en el frente. El otro vídeo era más trágico pero a la vez enternecedor y emocionante. A una base canadiense llegaban los féretros cubiertos con la bandera de los soldados muertos en Afganistán. Desde su llegada a los cementerios de destino, había algunos cientos de kilómetros. En todo el recorrido, ciudadanos de toda clase y condición, a un lado de la carretera, esperaban el paso del cortejo fúnebre para aplaudirlo, saludar, llorar o mostrar con honor la bandera por la que dieron su vida. Afganistán nos ha arrebatado a nosotros dos soldados españoles más: Manuel Argudin Perrino y Niyireth Pineda Marín. Descansen en paz, con todos los honores, el primero el de nuestro propio reconocimiento como ciudadanos a su labor, a su trabajo, a sus familias, y al resto de nuestros militares destinados en misiones de guerra.

La guerra en la que estamos en Afganistán, sí, la guerra en la que estamos en Afganistán, ha de tener ya un pronto punto y final. Los países comprometidos en este callejón sin salida no paramos de tener bajas en una misión difícil de calificar hasta para nuestros militares, que piden atacar cuando los acontecimientos así lo aconsejen, en vez de atrincherarse de los disparos a bocajarro de los talibanes, que poco a poco, a fuerza de desgaste, van recuperando el país. Nuestros dos últimos soldados murieron al explosionar su blindado, seguramente bien equipado, pero en una guerra no hay tanque que no pueda ser volado por los aires porque siempre hay un arma que supera en potencia a otra. Ni España ni nadie, incluido los Estados Unidos, quieren estar ya en Afganistán. Es una guerra que no se puede ganar, como antes les pasó a los rusos. Al final, los talibanes terminarán por hacerse de nuevo con el control, o volverán en todo o en parte a gobernar este país, tradicionalmente ingobernable. De hecho, las bases militares de países extranjeros siguen en pie mientras no se deja de hablar con los líderes talibanes sobre el futuro inmediato afgano, contando con ellos y con lo que supone su ideología y sus creencias. ¿Para qué entonces tanto esfuerzo y tantos años de presencia militar extranjera?

Es una pregunta importante para una sociedad que tradicionalmente recela de las guerras, por lo que son y suponen en sí, pero también por la forma en que se cuentan, los porqués que se dan y la manera de zanjarlas cuando confluyen intereses que a veces se apartan de la lógica. Hay otro asunto no menos relevante para dejar atrás Afganistán. En los años en que los aliados llevamos allí, hemos enterrado millones de dólares y millones de euros, que nunca han sobrado, pero es que ahora con la grave crisis económica mundial produce indignación que el dinero se emplee en esto en vez de otras cosas que, con toda razón, reclaman los ciudadanos: menos paro, no a los recortes sanitarios o mantener las ayudas sociales a aquellos sectores que más lo necesitan. España está, hoy por hoy, destinada en demasiados lugares bélicos, empleando recursos económicos y humanos muy valiosos, y la siguiente pregunta es ¿para qué? Estamos no por capricho, es cierto, porque formar parte de la Unión Europea, de la ONU o de la OTAN acarrea que te ayuden y que ayudes. Aunque todo tiene un límite y lo de las misiones humanitarias ha pasado ya a la historia, aunque nunca tuvo mucha credibilidad que digamos porque nuestros soldados, hombres y mujeres, morían en el campo de batalla. Ha vuelto a suceder en los casos del sargento Manuel Argudín Perrino, natural de Gijón, y de la soldado Niyireth Pineda Marín, natural de Colombia. En Afganistán ya no pintamos nada y hay que poner punto y final a esta sangría de recursos humanos y materiales que se pierden. Es un clamor también en el resto de países participantes en la misión, a la espera de recoger los campamentos e irse. La diplomacia está haciendo sus deberes de forma rápida para que los ejércitos aliados regresen a casa, todos juntos, lo más pronto posible. Afganistán será entonces una incógnita, pero eso ya ha ocurrido antes con otros lugares como la antigua Yugoslavia o Irak. Los países deben aprender a salir adelante por sí solos, aunque esto sea mucho decir cuando hablamos de talibanes. La palabra talibán se usa hoy con mucha frecuencia para definir a una persona o un hecho irracional. La guerra lo es en sí misma, y nuestros hombres y mujeres lo han dado todo. Cuando el blindado salta por los aires tras pasar por encima de la mina asesina, se rasgan familias enteras, y es obligado mostrar orgullo y reconocimiento de país a nuestras tropas que defienden la libertad en lugares tan lejanos e inseguros.

 

 



Jul 13 2011

ODIADORES PROFESIONALES

Publicado el 10 de julio de 2011 en el Diario Montañés

Escuchando por la radio los últimos datos sobre las detenciones en la Sociedad General de Autores, la famosa SGAE, me llama la atención una expresión que nunca antes había oído, la de odiadores profesionales. Decía el presentador del programa que en este país hay muchas personas dedicadas a odiar a otras, sin conocerlas y, en algunos casos, sin haberlas visto nunca o cruzado una sola palabra con ellas. En la lista negra de odiados hay muchos nombres de toda clase y condición, y me temo que las manías persecutorias tienen mucho que ver con la envidia a la española. Artistas, escritores, periodistas, famosos de la tele y, por supuesto, ricos y premiados por su trabajo, están en el punto de mira de la crítica destructiva que en la mayoría de los casos no se basa en hechos objetivos. Cuando alguien hace dinero, es que lo ha robado. Cuando alguien sufre un traspiés, enseguida sale otro con la frase tan al uso de “ya lo decía yo que iba a acabar así”. Al revés, pero también sucede con el maltratador, a quienes muchos en su calle alcahuetan porque “nunca dio mal ejemplo y era una persona muy trabajadora y buen vecino”. A lo que se ve, tener buen ojo no es cosa de todos, y caer bien o mal al prójimo tiene mucho de suerte y de casualidad.

La envidia está dentro de nosotros desde que llegamos al mundo. Hablar de envidia sana siempre me ha parecido una idiotez. La envidia es la envidia y punto. Pero odiar por odiar, eso ya es otro cantar. Nuestro sistema educativo es deficiente por muchas cosas, pero cuando no sabemos controlar el odio porque sí desde el mismo colegio, ¡malo! Por la misma regla de tres, cuando a alguien en nuestro país le dan un cargo, todo son enhorabuenas y palmaditas en la espalda. Pura hipocresía, porque cuando te quedas sin él, el teléfono no suena, los emails no llegan y los tarjetones de despedida y buenos deseos escasean tanto como escribir una carta hoy en día. La cortesía muere más cuando queda superada por la envidia y el odio.